«Cannon Nacional» Poesía de Renato Salinas

Hoy presentamos al poeta Renato Salinas, cuya obra «Cannon Nacional», lo perfila como uno de los más destacados e interesantes poetas de su generación, con una escritura poética que cuestiona y relativiza por una parte el concepto de mundos de lectura, y por otra desde la oposición egologica – alterológica, que dice relación entre un mundo privado y otro externo, cuestiona una historia social de la literatura. Puede entenderse o leerse también la poesía de Renato Salinas como un gesto contra canónico o anti canónico, donde resalta también lo supra histórico, Salinas en forma moderna se inscribe en la tradición juglaresca de la Edad Media, en este caso su manuscrito de juglar está cubierto, intervenido, guardado no dentro de un libro, sino dentro de un medio de comunicación escrita, «Las últimas Noticias», » The Clinic«.  Salinas reescribe en la tradición del juglar, quita, agrega, sin importar la veracidad del acontecimiento, conflictúa la consideración de literatura como documento, escuchar su lectura, las transformaciones escénicas a que está sujeta, lo hacen continuador legitimo del happening al modo de Rodrigo Lira. Escuchar y leer a Renato Salinas es entonces un acto poético por partida doble, Letras 25 les invita entonces a leer a este joven y gran poeta chileno.
Rodrigo Verdugo. 


La montaña de piedra

A Pablo de Rokha

La mañana que el embajador de Chile en Suecia, Alberto Blest Gana, telefoneó a Pablo de Rokha para decirle: “felicidades, Pablo. La academia sueca me ha comunicado que has ganado el premio Nobel de literatura”. De Rokha colgó cayó en un profundo silencio, recordando las travesías por el campo vendiendo libros, arrastrados por una yunta de bueyes, los viajes en tren, las torrenciales lluvias del sur de Chile, los pesados canastos con pan amasado y gemidos, la levadura de sus libros, recordó a su hijo muerto, Pensó en lo que pensará Neruda de todo esto, en Winétt, su flor triste y las cantidades de prietas, longanizas, papas cocidas, y en los chuicos con vino que tendrá que sacrificar al dios Flaco. En los abrazos y besos que recibirá en la vega, los bares de Mapocho, el Mercado Central.

“El volcán De Rokha entra en erupción. El pueblo de la poesía corre aterrado, La machi interroga al Pillán”. En su encuentro con Neruda a las afueras de Venecia. Pablo contra Pablo se azotan como dos enormes elefantes marinos con corbata, por aparearse con la hembra en celo de la poesía. Neruda armado con un Don Perignón y De Rokha con una garrafa de agua ardiente de cinco litros.

Neruda y su séquito, Gimarães Rosa y Gabriel García Márquez versus De Rokha, sujetado de don Mario Ferrero, confundidos en una trenza de golpes.

La epopeya del fuego. “Arre, arre caballo salvaje la poesía, por los campos de Licantén. Los niños que miran pasar los enormes buses con letreros que dicen población Pablo de Rokha paradero 171 de Santa Rosa, repleto de trabajadores colgando en sus pisaderas, mundo abajo en un mar de piedras”.

Cuando se encuentre en la gala de Estocolmo de la Academia sueca, en el salón azul de los conciertos y el presidente de la Academia diga: “póngase de pie don Pablo de rokha y reciba, por su gran aporte a la poesía mundial, el premio Nobel de la literatura”.

Que el gigantesco oso avance y abrace al rey de Suecia, Carlos Adolfo XVI, un anciano que no tiene brazos, sólo extremidades ortopédicas y en su mano izquierda deposite la medalla de oro del premio Nobel y él arranque una hoja de su “canto del macho anciano” y al subir al podio declame: “cae la tarde sobre la literatura cuando hicimos lo que quisimos e hicimos lo que pudimos con nuestro pellejo, el hombre que se estrella con su tiempo, queda hecho pedazos pero le da sentido y categoría, ariete de piedra que se destruye a sí mismo”.

A la mañana siguiente, radio Minería, CB-103 en la amplitud modulada. Comunica que: “de un certero balazo en la cabeza, se ha suicidado el poeta Pablo de Rokha. Con su 38 Smith & Wesson. del especial. Se cumplirá su último deseo, será arrojado al caudaloso río Licantén, con el que viajará a Santiago llevando un montón de troncos, rescatado de un aserradero en Mapocho, arrastrado al Cementerio General por una pandilla de delincuentes juveniles que se hacen llamar la Mandrágora y su líder Teófilo Cid, escribirá en su dura corteza: “adiós poeta, descansa en paz”.


«Historia General del Reino de Chil

“Y todos se escondieron en sus casas con
esperando que pasara la ira de Yahvé»
Isaías 20:20

La ciudad de Santiago del nuevo Extremo está siendo asolada por una gran peste. Los habitantes mueren a montones, su gobernador y capitán general don Juan Luis Martínez, en su palacio heredado de conquistador Pedro de Valdivia, está desesperado y declara cuarentena general en el pequeño Santiago de la nueva Extremadura. Se lee una carta que le ha enviado al emperador Carlos V, pidiéndole ayuda para Chile, fértil provincia señalada. Usando como una espada poética ha tomado como esposa a la poetisa doña Inés De Suárez, la que tiene extraños sueños.

Don Juan Luis Martínez, de la noble familia de los Martínez, de la región de Carrascosa de dónde vienen los soldados y capitanes más valientes del Cid. Le cuenta al emperador Carlos V que el arzobispo de Santiago, Don Neftalí Reyes, acusa de esta peste maldita a los mapuches y a su cacique, un tal De Rokha, bautizado por los jesuitas; Pablo. Prisionero de éstos, como el causante de todo el mal que azota a la capitanía. Él, con hechizos de loncos y machis ha invocado a los antiguos espíritus del mal y al Pillan, castigando a los desgraciados hijos de la cristiandad, de los reyes católicos. Pido ayuda a vuestra Majestad, no dejar morir a la capitanía general de Chile, la más pobre de todas las américas.

La carta demoró tres meses en llegar a España, al barrio donde se ubica el Real Madrid. El emperador respondió: Dios me ha comunicado que aquellos frágiles seres llamados flores han desaparecido, sus almas viajan en el viento.

Los reyes de España y de Europa están enfermos por su misma sangre, también un vil julio Iglesias, ¡viva el Rey!

En Licantén, el cacique Pablo de Rokha ha sido ungido toqui por Caupolicán, Lincollán, Galvarino, Pelentaro y Lautaro, por las viejas machis Tehualda, Guacolda y la garra blanca.

En la plaza de armas de Santiago son quemados todos los muertos. Su capitán, Raúl Zurita, el primer poeta nacido en Chile, quien ha tenido disputas a muerte con Alonso de Ercilla, por sus poemas épicos, es el encargado con sus arcabuceros de arrastrar todos los cuerpos al fuego y esperar que la normativa se cumpla, una cuarentena general, nostalgia del futuro. En el árbol de la justicia donde cuelgan los muertos, se lee tú y yo.

Las manzanas de Santiago están desiertas. La Real Audiencia cerrada. El señor arzobispo Neftalí Reyes reza a los difuntos, los misterios gozosos y dolorosos en latín: “Señor, no abandonéis a vuestros hijos”. De Rokha, amarrado a un tronco grita: “el cielo está en erupción, el cielo de Chile se cae a pedazos, Santiago corre aterrado, la Machi interroga al Pillán, en este momento todos han caído en el pecado, la fornicación, la idolatría, el comunismo y el adulterio… la ira del Pillan será terrible contra este lugar”. Cultrunes y trutrucas.

El señor arzobispo ordena al capitán Raúl Zurita y sus soldados sacar al Cristo de mayo en procesión por las calles de Santiago con sus valientes arcabuceros. Borracho dice en una carta: “yo secuestré al emperador de los incas, muy buena persona, Había que saberlo llevare. Yo maté al huiracocha, ahora me arrepiento de haber matado al emperador de los incas y al huiracocha”. Tomó el fuego negro del indio de Rokha, no le temió. Esa noche todos esperaron ataques de los mapuches. Las crónicas de los eruditos cuentan que un gran terremoto azotó chile en 1536 que la cordillera de los andes derrumbó y llego a las puertas de la casa del gobernador don Juan Luís Martínez, el que ordenó a los plebeyos, criollos y pocos zambos que hay en Chile, reconstruir con adobe murallero el macizo andino. Don Alonso de Ercilla, muy proyectado, cuenta en sus viajes astrales que una peste mató a todo el mundo en Londres y su amigo William Shakespeare se ha encerrado a escribir el Rey Lear. Ercilla grita mirando al cielo: “miradlo ahí, miradlo ahí… en plena noche, una luz, no es el Cristo, no es un ovni, es el apóstol Santiago que viene a salvarnos.

El cacique de RoKha está furioso y llama a la sublevación gritando “¡M. J. L Juvenil, M. J. L. popular… Movimiento juvenil Lautaro!” Pero la poetisa Inés de Suárez, que es una adicta al pinochetismo lo degüella y muestra su cabeza a la luna roja y a todas las tribus. Los videntes tienen miedo y los indios corren aterrados.

 Zurita está borracho diciendo: “viejo de mierda, viejo conchadetumadre, que no fuiste culo de matarte y tuviste miedo a la peste y escapaste a la ira de Yahvé, Maldito viejo concha de tu madre.

Degüellan a los indios, entonces corten.

Silencio.

Los indios callaron, Santiago se quedó en casa, los soldados la patrullaron.

11 de septiembre de 1541. Santiago arde por sus cuatro costados. El señor arzobispo quema a todos los mapuches en la hoguera y todos los cadáveres de la peste. Él declama: “esta peste era un parásito que vivía en el estómago de un poema”.

Para creer en el paraíso hay que empezar con el infierno. Y la maquinaria de la inquisición busca a todos los portadores del mal.

En huesos, Juan Luis Martínez y Zurita roban una sandía, arrancan su corazón y lo devoran junto a los indios. Roban el Cristo de mayo y lo cambian por una máquina de escribir. Don Juan Luis Martínez, entonces escribe su primer poemario en el que dice: “los emperadores y los reyes recitan en pajarístico y los hombres, en incertidumbre poética.


Murió don Pablo

(Las personas no mueren quedan encantadas)
Joäo Guimarães Rosa

El poeta peruano Pablo Neruda sale de su mansión fortaleza en el elegante barrio de Miraflores.

En sus jardines declama: “te acuerdas, Darío, te acuerdas, Federico, pensar que el más sonoro corazón de España fue tirado a la basura”.

 Su vidente Nathanael vio en las hojas de coca que el Huiracocha vendrá a matarlo.

Por los alrededores de su mansión fortaleza, de piedras de cobre, una banda delictual compuesta por seres del bajo astral, asociación ilícita de poetas, encabezado por un duende mentiroso llamado Eduardo Molina Ventura, alias El chico Molina, Con antecedentes por robo a Bienes Nacionales, plagio, sodomía y robo a lugar no habitado por escritores Sech. Los otros antisociales; Rolando Cárdenas, Efraín Barquero, Braulio Arenas y un triste y temeroso Jorge Teillier. Todos trotskistas con un alto prontuario, con una única misión: de asesinar al más grande poeta peruano de todas las américas.

Neruda, acusado de dejar morir al poeta de los abismos; César Vallejo, el hijo místico de la materia, ahogó en un tarro de agua a su propia hija, con golpes suaves. El alma de ella abandonó el cuerpo. El llanto y el espíritu santo, su padrastro Quevedo, a quien mató, y por su voz telúrica: “el poeta no es un pequeño Dios”. El sol rojo como el chico Molina, el que reparte filosos cuchillos carniceros a sus cómplices, que guardan bajo sus capas hasta que al fin sale a la calle.

El día pálido, sube a su Mercedes. Lo esperan los ángeles de la muerte que, envalentonados con agua ardiente de Licantén, a la orden de: ¡vanguardia!, se abalanzan sobre su presa.

Desde el interior de un paraguas emerge Enrique Gómez Correa y gritó: ¡don Pablo!

Neruda miró con su rostro totémico de piedra, junto a la chilena francesa Delia del carril: “somos del diario El Siglo, el primer activista de la revolución chilena. Queremos hacerle algunas preguntas”.

Lo rodearon como a un César, Neruda Reconoció a uno de ellos diciendo: “le petit Molina” las carcajadas dolorosas se escucharon de sus versos, los cuchillos magnetizados, Teillier lo saludó sacándose el sombrero, Enrique Gómez Correa grita: “la primera pregunta poeta universal ¿cómo vivió su propia muerte?” y Rolando Cárdenas gritó “cruzad el mar rojo de Chile”. La primera estocada se escuchó un ronco telar, el príncipe de los incas, la herida profunda en su barriga Efraín Barquero da un cuchillazo en sus riñones, Delia del Carril comenzó a llorar y cayó de rodillas, en el pecho lo apuñaló Braulio Arenas. Neruda se cubrió con su enorme capa negra y recibió un cuchillazo en la espalda. Teillier dudó mucho y llorando con espasmos dijo: Pablo, Pablo yo te quise tanto. Era mentira que amabas a Miguel Hernández y le atravesó el corazón con su daga de piedra y se escuchó un aterrador grito en toda América. Neruda vomitó sangre, el capitán naufragó al sur del mundo.

Pablo de Rokha, viejo y ciego, en un trance, grita: “se rompen las ruedas de la poesía chilena, sus ejes son engrasados con sangre”.

El vate cae de rodillas, el gigante bufando como un dragón moribundo. Enrique Gómez Correa, con el arma al ristre, corre y le dice al oído el poeta: “propone y la poesía dispone”.

El chico Molina pide a su ayudante el estoque, los pájaros cantan y cantan. Lo penetra hasta los testículos, Neruda grita: ¡hijos del canto general! ¿Por qué matan a su padre?

Se derrumba su tonelaje poético sobre la lluvia del Sur de Chile, como una gran ballena varada y sin vida, a los pies de la estatua del poeta Vicente Huidobro.

Sus asesinos suben a su alfombra mágica y se marchan de nube en nube gritando ¡el tirano ha muerto! arrojando las hojas de su diario de vida.

Radio Francia internacional comunica que la junta militar aprobó la muerte del poeta y envió una corona de flores. Su carroza tirada por libros de todo el mundo llegó al palacio de los virreyes donde rompieron la loza del sepulcro. Fue sepultado junto a Francisco Pizarro, conquistador del imperio de los Incas. Sobre su tumba fue puesto un león de piedra para que jamás intentara escapar en el día de la resurrección de la carne.

Radio Moscú comunica: “por esas cosas de la mecánica celeste, una paloma mensajera se posó sobre su lapida, con un mensaje de Pablo Picasso amarrado a su pata izquierda que decía: “querido Pablo, dile a la muerte que te desvista despacio” y ahí se quedó Neruda enterrado bajo las piedras y los libros, por los siglos de los siglos de la poesía”.

Texto: Poeta Renato Salinas.
Fotografía: Archivo Revista Letras 25.

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