Una de Inocencia, una de Experiencia… William Blake

Es el llamado de nuestro Poeta y colaborador Mario Rucavano. En este majestuoso análisis pasa revista a las nociones de experiencia e inocencia, demarcando los alcances y los límites de ambas, (entendiendo la evolución de la experiencia desde lo empírico hasta lo experimental), para ilustrar esta magnífica traducción, y mostrar un aspecto esencial del pensamiento poético de Wiliam Blake, uno de los más grandes poetas de todos los tiempos. 

Una de Inocencia, una de Experiencia: «El cordero» y «El tigre» de William Blake

           Las Canciones de Inocencia y de Experiencia constituyen, junto con El matrimonio del cielo y el infierno, la obra más célebre de William Blake, y contiene algunos de sus poemas líricos más queridos. La primera parte de la obra, Canciones de Inocencia, fue publicada en 1789 y Blake la editó numerosas veces de manera autónoma; las Canciones de Experiencia, en cambio, salieron en 1794 y nunca fueron editadas sin las Canciones de Inocencia. Puede suponerse que Blake estaba dispuesto a que la Inocencia aparezca por sí sola, pero no así la Experiencia.

            ¿Pero qué son la Inocencia y la Experiencia? «Estados contrarios del alma humana», según el subtítulo de la obra. Más allá del detalle editorial, resulta evidente que Blake siempre pensó todas las canciones como un conjunto, y que cada mitad busca criticar y satirizar a la otra. Hay lecturas ingenuas que suponen una progresión de la Inocencia a la Experiencia, un desencanto que llevaría a entender la verdadera realidad del mundo, pero nada podría estar más lejos del propósito de Blake. Aquí, como en el Matrimonio, lo que tenemos es una dialéctica que no busca aniquilar ninguno de los dos términos sino preservarlos, ya que ambos son necesarios para la vida humana.

            Aisladas de su contrario, tanto la Inocencia como la Experiencia son visiones parciales, amputadas e insuficientes de la realidad. La Inocencia muestra visiones idílicas y pastoriles que necesariamente se marchitan al enfrentarse con la vida adulta, dando lugar a la amargura y el desencanto de la Experiencia. Pero, aunque la Experiencia claramente muestra las limitaciones del estado de Inocencia, este no deja de señalar la hipocresía del estado de Experiencia. Una vida que aceptara como verdades últimas las de Experiencia no sería una vida digna de ser vivida, y el resplandor de la Inocencia denuncia esa resignación. El desafío que nos plantean estos poemas es el de abrazar ambos contrarios y avanzar en el camino de ser más humanos.

            Esta dialéctica abarca toda la obra, pero se vuelve más visible en algunos pares de poemas que se oponen explícitamente, como «El cordero» y «El tigre». Ambos poemas son preguntas explícitas por el origen de la creación: en el primero un niño le pregunta al Cordero «¿quién te hizo?», mientras que el segundo cuestiona de manera más dramática «¿qué mano inmortal u ojo / pudo armar tu terrible simetría?». La respuesta más obvia sería «Dios», pero igualmente podríamos responder «Hombre» y significaría algo muy distinto en cada poema.

            En el caso del Cordero, responder «Dios» nos lleva a la imagen amable del pastor que cuida de su rebaño; responder «Hombre», en cambio, nos recuerda que el destino probable de un cordero en la sociedad moderna es como sacrificio: el cordero vale en la medida en que es carne para el matadero. Por otro lado, en el «El Tigre» la respuesta «Dios» remite al dios temible del Antiguo Testamento que creó al Leviatán, provocó el Diluvio y torturó a Job, mientras que «Hombre» imagina a una humanidad emancipada como autora de la creación por encima de cualquier divinidad.

            Este breve comentario apenas toca la superficie de lo que podría decirse sobre ambos poemas; ofrecemos una versión para que el lector saque sus propias conclusiones. Como puede advertirse, esta traducción emplea el voseo que se usa en Centroamérica, el Río de la Plata y otras partes de América Latina. Soy consciente de que no es lo usual a la hora de traducir un clásico como Blake, pero considero necesario emancipar la lengua de traducción del ideal anacrónico y estereotipado de un español neutro que no existe, y no considero a la variante que hablo indigna como instrumento de traducción.

El cordero

  Corderito, ¿Quién te hizo?
¿Sabés acaso quién te hizo?
Te dio vida y alimento,
en el pasto junto al río,
te dio ropas de deleite,
de lana suave y brillante,
y te dio una voz tan tierna
que alegra a todos los valles,
Corderito, ¿Quién te hizo?
¿Sabés acaso quién te hizo?

  Corderito, yo te digo,
corderito, yo te digo:
él se llama por tu nombre
pues se llama a sí cordero;
él es tímido y es manso,
y se convirtió en un niño;
yo, niño, y tú, cordero,
por su nombre nos llamamos.
Dios te salve, corderito,
Dios te salve, corderito.






El Tigre

Oh Tigre, que ardés brillante
en los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal u ojo
pudo armar tu terrible simetría?


¿En qué abismo o cielo lejano
ardió la llama de tus ojos?
¿En qué alas osó aspirar?
¿Qué mano se atrevió al fuego?

¿Y qué brazo, y con qué arte,
torció las fibras en tu pecho?
Y al latir tu corazón,
¿Qué mano terrible, y qué pie?

¡Qué martillo! ¡Qué cadena!
¿En qué horno tu cerebro…?
¿Con qué yunque, cuál fue el puño
que osó el terror mortal asir?

Cuando los astros tiraron sus lanzas
y regaron el cielo con sus lágrimas,
¿sonrió al ver su trabajo Él?
¿Te hizo el que hizo el cordero a vos?

Oh Tigre, que ardés brillante
en los bosques de la noche,
¡qué mano inmortal u ojo
osó armar tu terrible simetría!.

Texto: Poeta y traductor Mario Rucavano
Fotografías: Archivo privado del autor.
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