«El otro profeta del Rey» sublime y reflexivo poema de Mario Rucavado

Presentamos un nuevo texto del poeta Mario Rucavado, quien a través de un versículo vigoroso y visionario 
nos presenta un texto que podría ser incluido con propiedad dentro de la tradición poética de inspiración bíblica, 
por sus visiones proféticas, paralelismos, que además lo hacen funcionar como un texto
de tono, imagen, técnica e imaginería bíblica, exponiendo así mismo el sentido trascendente de sus propios símbolos poéticos.

Rodrigo Verdugo P.

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El otro profeta del rey

(Un varón de Dios; 1Re 13)

Yo vi el Ángel del Señor
―eran tiempos de David―.
Blandió su espada sobre Sión,
sintió piedad,
detuvo su mano.
Setenta mil muertos,
setenta mil muertos desde Dan hasta Beerseba.
Setenta mil muertos,
¿y por qué?
Joab lo dijo,
Joab quiso prevenir al rey,
pero no escuchó,
y quiso numerar las estrellas.
No escuchó,
como Saúl en tiempos de Samuel:
no escuchó.
Así un rey,
así el otro,
así todos.
Setenta mil muertos.
Algún día parecerán pocos.
Cuando el templo no sea más que escombros,
Jerusalén una ruina,
setenta mil muertos no serán nada.
El templo,
¡esa blasfemia de piedra y cedro!
El templo,
¡ensayo de cárcel al Dios viviente!
¿Puede alguien poner riendas
al horno que hierve
en el fondo del mar?
¿Nosotros, que aún moramos
en el vientre de Leviatán?


Yo vi al Ángel del Señor
blandir su mano sobre Sión;
sintió piedad,
bajó la espada,
¿y el día de mañana?
¿Sentirá piedad
cuando le llegue el olor
de ofrendas impuras?
Setenta mil muertos,
¿y el día de mañana?
¿Sentirá piedad
cuando vea su arca
encerrada entre muros
como si Él fuese
de oro y de bronce,
como si, hecho por la mano del hombre,
lo deba proteger la mano del hombre?


El día de ayer,
cuando nos hizo subir de Egipto,
cuando apartó las aguas,
¿tenía Él casa? ¿moraba entre cuatro paredes?
La nube que cubrió el Sinaí,
la columna de fuego por las noches,
¿cabía entre las manos de un hombre?
¿Mutilaremos, nosotros,
al Dios errante del desierto,
nube, fuego y tabernáculo
que atravesó la tierra yerma?


Danzar,
es la única ofrenda
digna del Dios viviente.
Danzar,
danzar como el rey
dejando todo pudor al lado.
Danzar,
y que no haya un día
en que nuestros pies
no pasen de nuestros hombros.
Danzar,
y que baile y cantos llenen
el vacío en el corazón del santísimo.


Yo vi al Ángel del Señor
blandir su espada sobre Sión,
sentí sus ojos,
me postré en el suelo,
lloré de espanto.
Fueron setenta mil los muertos,
desde Dan hasta Beerseba.
¿Qué demonio poseyó al rey,
y qué espíritu a Natán?
El viento sopla donde quiere:
intentad detenerlo
y desaparece;
atadlo con cadenas
y mirad como se escapa;
dadle un punto fijo
y no moverá al mundo.

Yo vi al Ángel del Señor
y vi a Satanás su siervo
rodeando la tierra
y andando por ella.
El día de ayer,
cuando erramos por el desierto
y cargamos, en el tabernáculo,
Su presencia en meras letras,
el Señor nos hizo comer de su mano
y bebimos la dulzura de sus aguas.
¿Aspiraremos a otra cosa
que rodear la tierra
y andar por ella
huéspedes del páramo,
la ciénaga y la pampa yerma?

Yo vi el Ángel del Señor
detenerse en la era
de Arauna jebuseo,
sentir piedad,
detener su mano.
El Querubín Protector
con su espada en llamas
no ha dejado su puesto
a la entrada del jardín;
no se han replegado
las aguas del diluvio,
ni tampoco el desierto
ha llegado a su fin.

Poeta Mario Rucavado.
Fotografía del autor.

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